CUANDO LOS ESPACIOS TAMBIÉN SE PREPARAN PARA DECIR ADIÓS
Y con los cambios también vienen las despedidas.
Así que dije adiós y cerré la puerta para abrir otras nuevas.
Eugenia Herrera.
Hay momentos en la vida en los que sentimos que ya dimos todos los pasos necesarios para cerrar un ciclo. Ordenamos, limpiamos, agradecimos y soltamos. Hicimos el trabajo emocional, energético y práctico; y aun así la vida, la energía o el universo nos deja en una especie de sala de espera (y créeme que es lo más pesado que hay); un espacio transitorio donde todo está empacado, pero nada termina de moverse. Es un territorio extraño donde la voluntad ya avanzó, pero la materia todavía no alcanza a ponerse al día.
En esos momentos, es fácil pensar que “algo falta por hacer”. Pero a veces no falta nada, simplemente los espacios también necesitan tiempo para despedirse. Hay un ritmo más profundo que no siempre coincide con nuestra urgencia, un compás silencioso que marca el cierre desde otro lugar.
Los ambientes, como los cuerpos y los vínculos, guardan memoria. Absorben risas, silencios, decisiones, duelos y celebraciones. Se impregnan de nuestras versiones pasadas y de los sueños que alguna vez sostuvieron; y cuando llega el momento de partir, ellos también atraviesan su propio proceso de cierre. Yo particularmente lo veo como un duelo, porque no solo nosotros nos preparamos para marcharnos; el espacio también se acomoda para soltarte. A veces incluso parece que respira distinto, como si se reacomodara para liberar lo que ya no le pertenece y honrar lo que sí.
Puedo hablarte desde mi experiencia propia: este mes he estado viviendo entre cajas, en un hogar que ya no es hogar, en un ciclo que emocionalmente ya cerré pero que físicamente sigue esperando su último movimiento. Y en medio de esa espera, he tenido que recordarme algo energéticamente esencial: las cosas no dependen de mi esfuerzo, sino de mi alineación. Es un recordatorio constante de que no todo se empuja; algunas cosas simplemente se permiten.
Y es que yo ya hice mi parte y la casa también. Lo que falta es solo tiempo, no trabajo. Y aceptar el hecho de que no hay nada más que hacer, que el proceso ya está en marcha aunque no avance al ritmo que deseo; es un acto de humildad y de entrega. Es reconocer que hay fuerzas más grandes que yo operando en silencio.
A veces el universo tarda un poco porque está acomodando piezas que no vemos. Probablemente está guiando a las personas adecuadas para que habiten e impregnen de su energía el espacio, está sincronizando tiempos, está protegiendo algo que aún no entendemos. Quizá está esperando a que el espacio termine de soltar las energías que ya se marchan por completo. Pero la dirección ya está marcada, la transición ya está en marcha, aunque no se vea claramente, pero sí se perciba o sienta. Hay señales sutiles, pequeñas certezas internas, intuiciones que confirman que el movimiento viene en camino y cuando esto sucede; es porque ya en el campo energético está manifestado.
Mientras tanto tenemos la elección de confiar. Confiar en que estos ambientes que nos sostuvieron tantos años también están haciendo su despedida; confiar en que la energía no se equivoca con los tiempos; confiar en que este “entre” incómodo, extraño, lleno de cajas y silencios también es parte del ritual. Porque este limbo aunque pesado, también es un puente; y los puentes no son para quedarse, pero sí para atravesarlos con conciencia.
Porque así como nosotros requerimos cerrar, agradecer y soltar; los lugares también necesitan respirar antes de dejar ir. Necesitan liberar lo que guardaron, acomodar lo que queda, despedirse de quienes fuimos dentro de ellos. Y cuando ambos procesos se encuentran (el nuestro y el de los espacios o ambientes), la puerta se abre sola. Sin esfuerzo, sin empujar, sin ansiedad. Simplemente se abre, porque ya es tiempo.
Namasté.

Excelente artículo. Muchas gracias por compartir algo en la que a veces no estamos conciente pero que es una gran verdad.