DE VÍCTIMA A VICTIMARIO… Y MÁS ALLÁ

 

“Entonces descubrí que al sentirme víctima tenía poder; por ello, decidí honrar ese poder y no usarlo.”

Eugenia Herrera.

En mis múltiples despertares con grandes maestros de vida, había un patrón en común: el impulso de ser la víctima para convertirse en victimaria. Hoy reconozco que ese patrón no era condena, sino invitación. Una puerta hacia la alquimia.

 Y es que hay heridas que gritan, otras heridas que callan. Hay otras que si no se abrazan, se convierten en armas.

Las que gritan se expresan en llanto, en rabia, en palabras que buscan ser escuchadas. Son visibles, incómodas, a veces juzgadas por su intensidad. Pero al menos tienen voz. Las que callan se esconden detrás de la sonrisa, del silencio, del “todo bien”; se guardan por miedo, vergüenza, lealtad a quienes te hirieron. Estas heridas se vuelven fantasmas que habitan el cuerpo, la mente, los vínculos y aunque no se escuchen, vibran; aunque no se nombren, pesan.

Hay heridas que, si no se abrazan, se convierten en armas, no porque quieran dañar, sino porque el dolor acumulado requiere salir y si no encuentra un canal amoroso, puede salir como juicio, control o violencia.

Así nace el victimario, no como un ser malvado, sino como una expresión distorsionada de una herida no sanada.

Y es que, en las historias personales y colectivas, el arquetipo de la víctima ha sido un refugio, una forma de pedir amor y de decir “esto me dolió”; es un lugar legítimo, necesario y humano; pero cuando ese dolor no encuentra espacio para ser validado, escuchado y transformado, puede mutar en algo más filoso: la figura del victimario. Cuando esto sucede el refugio se convierte en trinchera y el que antes pedía amor, ahora exige obediencia, si antes lloraba, ahora castiga; no como castigo o traición, sino como espejo.

Pero debo decirte que el victimario no es el enemigo, solo es el reflejo de una parte de sí que no fue abrazada; es la sombra que solicita luz, es la herida que pide voz.

Cuando se mira sin juicio, se puede observar este ciclo; y al detectarlo, la persona puede elegir romperlo. No desde la culpa y el castigo, sino desde la conciencia y alquimia.

Cuando estos ciclos energéticos de dolor no se sanan, se heredan:

  • La víctima carga la herida y busca reconocimiento.
  • El victimario proyecta la herida y busca control.
  • Ambos están atrapados en un circuito de repetición.
  • El Alma, sin embargo, busca liberación… no venganza.

Este ciclo no es lineal. Es vibracional y se mueve en espirales, en memorias, en gestos que repeles sin saber por qué.

A veces, el niño herido se convierte en el adulto que hiere y el silencio se convierte en grito y éste a su vez, se convierte en juicio.

El tránsito no es automático. Es una mutación energética que ocurre cuando el dolor se cristaliza y busca poder; cuando la vulnerabilidad no encuentra contención, puede transformarse en defensa y esa defensa si se endurece, puede convertirse en ataque; porque el victimario nace del dolor no escuchado, del amor no recibido, de la historia no contada. Pero no está condenado a repetir; realmente está llamado a transmutar.

Cuando se reconoce esta transformación, puede la persona convertirse en el testigo alquímico; esta figura es aquella que observa sin juicio, que honra la herida sin encadenarse a ella; que transforma el dolor en sabiduría, y la sabiduría en servicio. Este arquetipo no busca culpables, solo busca comprensión y no perpetuar este ciclo, sino disolverlo.

El testigo alquímico es el que puede mirar su historia y decir:

“Sí, fui herido, sí, herí; pero hoy elijo sanar.”

Hoy, te invito a mirar tu historia con ojos nuevos y preguntarte:

¿Dónde fui víctima?
¿Dónde me convertí en victimario?
¿Dónde puedo ser testigo alquímico?

Entonces:

Respira, honra y transmuta.

Porque si estás listo o lista para romper el ciclo y abrir tu corazón, realiza todo esto como un acto de solemnidad para sanar tus heridas y abrir nuevos caminos, tomando el de la sanación hacia tu verdadera consciencia y expansión.

Namasté.

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